Emma Goldman es una pensadora visionaria y de una considerable potencia premonitoria, pues muchas de sus ideas y de sus propuestas de los años veintes y treintas serían todavía motivo de discusión y conflicto en los años ochentas y noventas. Para ella era imposible una sociedad libre y verdaderamente humana, si el estado iba a seguir en control de los aspectos fundamentales del desarrollo de una persona. Sobre todo cuando se trataba de las mujeres. A este respecto podemos agrupar las ideas de Goldman en tres grandes temas:
1. El matrimonio.
2. Los niños.
3. El aborto.
Siempre creyó que el matrimonio era una desgracia, no sólo para las mujeres sino también para los hombres. Para ella, no existía ninguna relación posible entre el matrimonio y el amor. Su razonamiento partía de la base de que aquella institución estaba concebida para sacrificar a las mujeres en el altar de la maternidad, y para estrangular toda posibilidad de independencia y de creatividad personal en ellas. El matrimonio había sido ideado por los dos grandes monstruos de la sociedad contemporánea: el estado y la religión. Solamente cuando los hombres y las mujeres entendieran al fin que una pareja debía unirse con el único propósito de crecer juntos en todos los terrenos posibles, sería posible remontar los objetivos sórdidos para los cuales la sociedad burguesa había inventado el matrimonio.
El cuido de la prole y las atenciones a la perentoriedad sexual de la pareja, en este caso del varón, parecían ser los fundamentos sobre los cuales reposaba la idea del matrimonio. La reproducción de la fuerza de trabajo, de los soldados y de los empleados que necesitaba la maquinaria estatal, hacía que la labor maternal de la mujer adquiriera un sentido casi heroico. En este caso, el matrimonio estaba más que justificado. Sobre todo cuando la religión encontraba en los instintos naturales de los seres humanos algo asqueroso y repugnante. A la mujer en particular, le estaba vedado el disfrute pleno de su cuerpo, pues no le pertenecía ni a su compañero, ya que en última instancia quien decidía el propósito de la maternidad era el estado. El varón por su lado, era cómplice con el estado de la expoliación que se hacía con el cuerpo de la mujer. En este asunto la conspiración no podía ser más completa. El aborto, de esta manera, tendría que ser prohibido de forma rotunda, pues contradecía los basamentos éticos de la tradición judeo-cristiana, los cuales indicaban que el propósito esencial para el cual las mujeres habían venido al mundo era para ser madres.
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